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  Colaborador: JUAN OSEGUERA PARRA
 
 
Historias breves
 
 
Carta de un jefe piel roja
 
 

Y así que amemos o despreciemos nuestras raíces, ellas guardan la esencia de todas las almas que son y que fueron. Una raíz profunda eleva más alto el árbol al cielo.
Eva Soto

HACE muchos años, cuando la ecología no era aún un tema importante, conocí la hermosa carta del Jefe piel roja Suwamish de Seattle, que envía como respuesta en 1855 a la petición de compra de sus tierras, que le hizo el Presidente de los EUA (Franklin Pierce). Los consejos ecológicos e infructuosos de esta joya literaria injustamente olvidada son hoy más fuertes que nunca. Por su extensión, sólo citaré fragmentos y no me extenderé en comentarios que obviamente salen sobrando:

Jefe de los caras pálidas:
¿Cómo se puede comprar el cielo o el calor de la tierra? Ésa es para nosotros una idea extravagante. Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que ustedes se propongan comprarlos? (…). Los caras pálidas olvidan a su nación cuando emprenden su viaje a las estrellas. No sucede igual con nuestros muertos; nunca olvidan a nuestra Tierra madre. Nosotros somos parte de la Tierra. Y la Tierra es parte de nosotros. Las flores que aroman el aire son nuestras hermanas. El caballo, el venado y el águila también son nuestros hermanos (…).
Por lo antes dicho, creo que el Jefe de los caras pálidas pide demasiado al querer comprarnos nuestras tierras. El jefe de los caras pálidas dice que al venderles nuestras tierras, él nos reservaría un lugar donde podríamos vivir cómodamente. Y que él se convertiría en nuestro padre y nosotros en sus hijos. Pero no podemos aceptar su oferta, pues para nosotros esta tierra es sagrada.
El agua que circula por los ríos y por los arroyos de nuestro territorio no es sólo agua, es también la sangre de nuestros ancestros. Si les vendiéramos nuestra tierra, tendrían que tratarla como sagrada y esto mismo tendrían que enseñarles a sus hijos (…).
(…) Ustedes son extranjeros que llegan por la noche a usurpar de la tierra lo que necesitan. No tratan a la tierra como hermana, sino como enemiga. Ustedes conquistan territorios y luego los abandonan, dejando ahí a sus muertos sin que les importe nada. La tierra secuestra a los hijos de los caras pálidas, a ella tampoco le importan ustedes. Los caras pálidas tratan a la tierra madre y al cielo padre como si fueran simples cosas que se compran, como si fueran cuentas de collares que intercambian por otros objetos. El apetito de los caras pálidas terminará devorando todo lo que hay en las tierras hasta convertirlas en desiertos. (…)
En las poblaciones de los caras pálidas no hay tranquilidad; ahí no puede oírse el abrir de las flores primaverales ni el aleteo de los insectos. (…) ¿Para qué le sirve la vida al ser humano si no puede oír el llorar solitario de un ave o la algarabía nocturna de las ranas al borde de los estanques? Como piel roja no entiendo a los caras pálidas. Nosotros tenemos preferencia por los vientos suaves que susurran sobre los estanques, por los aromas de este límpido viento, por la llovizna del medio día o por el ambiente que los pinos aromatizan. (…) Para los pieles rojas el aire es de un valor incalculable, ya que todos los seres compartimos el mismo aliento, todos, los árboles, los animales, los hombres. Los caras pálidas no tienen conciencia del aire que respiran, son moribundos, insensibles a lo pestilente.
Si les vendiéramos nuestras tierras, tendrían que tratarlas como sagradas. Y deberían tratar a los animales como hermanos. He visto un millar de búfalos pudriéndose en la pradera, abandonados por el hombre blanco que los abatió desde un tren al pasar. (…) Si todos los animales fueran exterminados el hombre, también perecería entre una enorme soledad espiritual. El destino de los animales es el mismo que el de los hombres. Todo se armoniza. (…)
Enseñen a sus hijos lo que los nuestros ya saben de la tierra: es nuestra madre. Lo que la tierra padezca será padecido por sus hijos. Cuando los hombres escupen al suelo, se escupen ellos mismos. Nosotros estamos seguros de esto: la tierra no es del hombre, sino que el hombre es de la tierra. (…)
A pesar de todo, tal vez los pieles rojas y los caras pálidas seamos hermanos. Pero eso ya se verá después. Nosotros sabemos algo que los caras pálidas tal vez descubran algún día: ellos y nosotros veneramos al mismo Dios. Ustedes creen que su Dios les pertenece, del mismo modo que quieren poseer nuestras tierras. Pero no es así. Dios es de todos los hombres y su compasión se extiende por igual entre pieles rojas y caras pálidas. Dios estima mucho esta tierra y quien la dañe provocará la furia del creador. (…)
Para nosotros es un misterio que ustedes estén aquí, pues aún no entendemos por qué exterminan a los búfalos, ni por qué hieren los recónditos lugares de los bosques con sus alientos, ni por qué destruyen los paisajes con tantos cables parlantes.
¿Qué ha sucedido con el bosque espeso?… Está destruido. ¿Qué ha sucedido con el águila?… Ha desaparecido. De hoy en adelante la vida ha terminado. Ahora empieza la sobrevivencia. Y a pesar de todo, señor, podemos ser hermanos.

Jefe piel roja

Hasta aquí la sorprendente premonición hecha en 1855 por un hermano indio, a quien antes se ha tratado de “salvaje”.
Hasta el próximo martes.

juan_osegueraparra@hotmail.com


 
 


 

 
 
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JUEVES POLÍTICO




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