Debate electoral

Jueves 17 de Noviembre del 2016
ISELA GUADALUPE URIBE ALVARADO

Triunfo inesperado

A una semana de conocer los resultados electorales de quien dirigirá el vecino país del norte, resulta curioso que de manera sorpresiva surgen evidencias y “deslindes” de todo tipo, con el objetivo de exponer, ahora sí, que era predecible el triunfo del candidato republicano. A mi parecer, lo posible y lo deseable indicaba que la candidata del Partido Demócrata sería la próxima Presidenta de los Estados Unidos. No fue así.

El sistema electoral norteamericano es complejo y ha sido cuestionado justo porque dentro del propio esquema democrático, la voluntad ciudadana manifestada por medio del sufragio no necesariamente se verá reflejada en los resultados electorales. Es decir, allá la elección no se gana por medio del voto popular directo, sino por un Colegio Electoral que en cada estado tiene un número de electores con base en su población.

Es decir, que el triunfo del Presidente del país hegemónico del mundo es posible ganarlo con una mayoría relativa, trabajando estratégicamente sólo algunos estados –los que brinden más votos electorales–, como los casos de California, La Florida, Texas, New York, Pensilvania, Illinois, Ohio.

Todo tipo de análisis se están haciendo con la finalidad de intentar explicar el fenómeno Trump. Es claro que será indispensable analizar diversos factores que nos lleven a comprender qué fue lo que pasó, hacia dónde se transitará y qué implicaciones se tendrán con la llegada del republicano a la Presidencia.

Se ha expuesto que el método de las encuestadoras erró y que la predicción no fue la que los resultados arrojaron. Uno de los objetivos de la estadística electoral es predecir justamente el sentido del voto, y en realidad, la candidata demócrata sí obtuvo el triunfo de las mayorías. Por otra parte, también se ha discutido el famoso “voto oculto”, que indica que, en realidad, los encuestados no refieren de manera sincera el sentido real de su voto, lo cual pudiera ser posible.

De acuerdo a los primeros resultados, a Trump lo hicieron ganar hombres y mujeres de raza blanca mayores de 45 años. Por Clinton votaron hombres y mujeres menores de 45 años. Ni el voto latino ni el voto de las mujeres fueron suficientes para la candidata demócrata. Uno de cada tres votantes latinos se inclinó por Trump. También el abstencionismo jugó un papel crucial, el 46.9 por ciento de ciudadanos no votó.

Desafortunadamente, los escenarios posibles no son muy alentadores, sobre todo para nuestro país, que además de los propios norteamericanos, somos los segundos implicados en estar alertas, más que nunca, en observar cada uno de los pasos que dé el Presidente electo. Los ataques, insultos y todo el discurso de odio proclamado a los mexicanos, así como las constantes promesas de la construcción del muro, de la deportación de millones de mexicanos, de quitar los permisos de trabajo, no son ni pueden ser palabras menores que impliquen la indiferencia gubernamental ni social.

A mi juicio, sí se votó por el odio, sí por el miedo, sí por la intolerancia, sí por la discriminación, sí por un discurso que daña a las mujeres, a los migrantes, a las minorías. Se votó también por un cambio, y ese cambio no lo representaba –al parecer de los norteamericanos– la candidata demócrata. No se rompió el techo de cristal que ha impedido que miles de mujeres lleguen y conquisten lo público, no fue posible, no por ahora. Los resultados arrojan también que la verdadera crisis quizá no esté en el Partido Republicano, y que la vieja guardia del Partido Demócrata quizá no es representativa.

Si bien es cierto que el Estado mexicano tiene una agenda propia que atender, comparto la idea de que la mejor política exterior es la interior; sin embargo, es indispensable estar atentos a lo que suceda con los Estados Unidos y defender nuestra Nación siempre con la dignidad por delante y con propuestas claras que favorezcan a mejorar la calidad de vida de miles de mexicanos y mexicanas.

 

*Consejera del IEE

consejera.isela@ieecolima.org.mx

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