Escenario político

Miercoles 15 de Febrero del 2017
GABRIEL GONZÁLEZ CASTELLANOS

Renovar

A lo largo de toda la República, hay miles de mexicanos que se han mantenido al margen de participar en los procesos electorales. Son variados los argumentos que esgrimen, pero lo cierto es que muchos ciudadanos mexicanos no manifiestan tener confiabilidad en el proceso electoral que se organiza, mediante el cual designan, con su voto, a los viables representantes populares.

Pero esa falta de confiabilidad y su respectiva credibilidad tienen sus antecedentes. No ha sido sólo una ocasión, que a través de artimañas y mecanismos antidemocráticos, se ha hecho manifiesta una inclinación electoral para quien goza de los privilegios que pone a su disposición la maquinaria de Estado. La subcultura del fraude electoral se constituyó como una práctica cotidiana en el sistema político mexicano.

Naturalmente que el evento referido y su implementación no es una práctica espontánea o inverosímil por parte de quienes lo originan, sino que se traduce en todo un diseño perfectamente embalado y organizado desde el máximo hasta el mínimo poder electoral, según sea el nivel de la elección.

Una de las causas de la falta de confiabilidad y credibilidad de los procesos electorales radica en los mecanismos establecidos para designar la composición de los organismos electorales. Hay ausencia de imparcialidad, cuando, además, los funcionarios electorales de los distintos niveles tienen una trayectoria en que han exhibido su simpatía por una determinada fuerza política o le muestran una declarada postura de sometimiento.

La ciudadanización de los órganos electorales significó una alternativa para desarrollar las características requeridas para los mismos. Pero ahora, las designaciones van en función de “acuerdos” entre las fuerzas políticas. A veces, éstos se dan entre dos fuerzas políticas para hacer la mayoría, y cuando una fuerza es mayoritaria, como ocurre en algunas entidades, entonces la imposición resulta una decisión natural.

En circunstancias así, los consejeros electorales sostienen decisiones que obedecen a lineamientos, ya sean centrales, o a caprichos específicos de caciques locales de los estados. En ese sentido, el descrédito de los procesos electorales crece, y el abstencionismo nutre sus filas.

Hago esta referencia, considerando las actitudes que han tomado los integrantes del Instituto Electoral de nuestro estado, fuera de toda ética y respetabilidad hacia la ciudadanía, y con lo cual exhiben que no son los idóneos para garantizar el respeto a las decisiones de la ciudadanía en un proceso electoral. Pesan, sobre ellos, las condiciones y decisiones políticas del momento en que fueron designados.

Tras esta experiencia que se tiene con la presencia de quienes en estos momentos conforman el organismo electoral en comento, es obligado el imperativo análisis para tomar la decisión que motive transformación, y lo deseable, sustitución; hacer un balance del mencionado órgano electoral, para precisar los detalles que se necesita corregir.

Hay, en el escenario local, personalidades de sobra con una credibilidad fuera de toda duda, que podrían formar parte de un Instituto Electoral que se distinga como la institución seria y respetada que defina los resultados electorales con las características que se marcan en la ley electoral.

La premisa necesaria para hacer de los procesos electorales un fenómeno político confiable y creíble radica en la verdadera ciudadanización de los órganos electorales y en la equidad e igualdad de condiciones de campañas políticas y uso de los medios de comunicación, de todos los partidos políticos y de las organizaciones que pretendan participar en elecciones.

Vaya para ese gran amigo de la infancia, Carlos Solís Topete, permanente comerciante en el tianguis del Parque Hidalgo y asiduo lector de esta columna, un afectuoso saludo. Es un honor contar con tu lectura.

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