Doña Virginia

Viernes 15 de Septiembre del 2017
PETRONILO VÁZQUEZ VUELVAS

ERA un verdadero día de fiesta cuando doña Virginia aparecía en el marco de la puerta, seguida por sus jóvenes hijas, con tal cantidad de cajas y bolsas, que la mejor litografía de Santa Claus le quedaba corta.

A Socorro apenas se le veía la cara con tantas bolsas y cajas en los hombros, en la cabeza, bajo el brazo, agarrando los ixtles que apretaban los cartones repletos de tamales de carne y picadillo, bolsitas con frijol para cocer, roscas de pan casero, tamales de conserva, mangos, ciruelas, en fin; pero llegaban con la alegría de visitar a Chava (Chapula), su estudiante hijo y hermano, respectivamente, radicado en el Distrito Federal, allá por 1979.

Vivíamos entonces en el departamento número 312, del edificio marcado con el número 41, ubicado en la avenida San Juan de Letrán, y que 6 años después se derrumbara por el temblor. Éramos seis honorables y pluscuamperfectos colimenses que estudiábamos y trabajábamos, siempre en el filo de la atonía económica y el hambre, así que nos daba una inmensa alegría la visita de doña Virginia, de aspecto bondadoso, saludadora, con su sonrisa a flor de labios, para luego de sentarse y colocar las cajas alrededor, platicarnos las noticias de Colima, mientras nosotros la escuchábamos con interés, echándole miradas de reojo a las rendijas que se abrían en las cajas de cartón.

Los inquilinos éramos Chava Chapula, (hijo de doña Virginia), Chito Gallardo (que por andar jugando futbol en los pasillos y romper los plafones con su respectivo escándalo, nos pidieran desalojarlo), Héctor y Chava Cisneros (el primer eminente otorrinolaringólogo, y el segundo sacerdote), El Trique (aquel profesor indígena de nombre Ricardo Santiago, que recogí un día afuera de mi escuela y lo llevé a vivir con los Colimas), Víctor (que por ahí anda) y su servidor (el único con habitación individual, con una pequeña biblioteca, y que cada que llegaba alguno con alguna interfecta, allá va Petros a dormir a la sala).

Concluida la etapa de noticias, abrazos y parabienes, nos convocábamos a la pequeña cocina. Doña Virginia calentaba los tamales en el comalito de la estufa, y acompañado de un humeante café, la marabunta daba cuenta del contenido completo de una de las cajas.

Era una semana de bienestar, tiempo durante el cual doña Virginia sacaba de las cajas mágicas los alimentos imperecederos, que luego cocinaba para esperar a los estudiantes. Eran verdaderas fiestas de sabor y buen comer, con la sazón de los alimentos propios de nuestra región, cocinados por nuestra visitante y mecenas.

Dos veces al año tocaba la puerta la más esperada de nuestras visitas, a la que llegamos a querer mucho, por su abnegación; nunca hubo distingos, y su actitud amable se combinaba con sus risas francas, cuando le platicaban las historias jocosas o aventuras de los desórdenes ocasionados por la tropa, sobre todo de mi compadre Chito.

La imagen de doña Virginia se quedó grabada para siempre en nuestros juveniles corazones, y a la distancia, ya grandes, recordamos con una sonrisa y gratitud a nuestra entrañable visitante, que durante un tiempo nos acompañó en nuestra vida estudiantil, siempre con un pedazo de alimento y una sonrisa. Y esas cosas, en esas circunstancias, nunca se olvidan.

Por eso, nos “pudo” la noticia de su muerte. Que descanse en paz, nuestra muy querida y respetada doña Virginia de la Mora. Un abrazo a la familia.

 

EL TOTO

 

Hace unos días, partió al descanso eterno un referente del Barrio de la Frontera, en la Villa, El Toto Téllez, persona muy conocida, ya que por muchos años estuvo al frente de su tienda y en convivencia diaria con los vecinos del rumbo, sobre todo con el Tablado 71, por sus matinales chocomiles. Descanse en paz, y nuestra solidaridad a su familia.

 

SALUDOS

 

Un afectuoso saludo a don Pedro Orozco Ceballos y a su mamá, doña Rosa Ceballos Rocha, amables lectores de Diario de Colima y esta columna, y que radican en la cabecera municipal de Cuauhtémoc.

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