La palabra del domingo

Domingo 18 de Junio del 2017
ÓSCAR LLAMAS SÁNCHEZ

Mucha mies y trabajadores pocos

JESÚS se compadecía de las multitudes, porque estaban extenuadas y abandonadas como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La mies es mucha y los trabajadores son pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies, que envíe trabajadores a sus campos”. Luego envió a sus apóstoles a proclamar la buena nueva, y les dio instrucciones y poderes orientados a la salvación del hombre.

Jesús sentía compasión de la gente por su situación real de cansancio y marginación. Jesús no se limitaba a procurar la salvación de las almas, sino que sentía sangrar su corazón por los hombres de carne y hueso que tenía delante de los ojos, con sus problemas materiales y espirituales. 

La queja angustiosa de Jesús se repite en los tiempos modernos: “La mies es mucha”. Hay millones de gentes que pueblan grandes porciones del mundo, y que nunca, o muy poco, han oído hablar del Evangelio de Cristo. Es necesario comunicarles la palabra de Dios. Y hay millones de gentes que padecen hambre y sed de justicia. ¡Es urgente ayudarles! Hay que multiplicar los talentos, materiales y espirituales, pocos o muchos, que cada quien ha recibido de Dios.

“Los trabajadores son pocos”. Esa ausencia de trabajadores en los campos del Señor se debe, en gran parte, a nosotros, “los creyentes”, que vamos dando las espaldas al reino de Dios. Indiferentes, comodinos, sumergidos en el materialismo absurdo de la vida. No nos importan las responsabilidades que nos impone el Evangelio.

La misión evangelizadora a la que Jesús invita a los 12 apóstoles no es privilegio ni responsabilidad exclusiva de los que tienen la vocación sacerdotal o religiosa. Todos los bautizados somos iglesia, y todos somos llamados a pregonar la grandeza del amor de Dios, llevando a la práctica la vocación evangélica de amar, de evangelizar y de servir.

¡Evangelizar! ¡Cuántas almas, ansiosas del bien y de la verdad, no se salvarán porque nosotros no abrimos la boca para hablarles de Dios! ¡Cuántos hombres, pecadores como nosotros, no saben que la misericordia de Dios es infinita, y no les dimos la mano para conducirlos a Él que es la fuente de la bondad y el perdón!

¿No comprendemos que nuestros propios hijos, para tener fe, esperan beberla de la palabra y el ejemplo de nuestra vida? Nos asustamos de la violencia que amenaza destruirnos, pero, ¿cuándo llevamos la palabra, la ayuda, la fraternidad, el salario decente, la educación, la dignidad divina y humana a esas multitudes desesperadas como ovejas sin pastor?

Amigo (a): “La cosecha es mucha y los trabajadores con pocos”. Pidamos a Jesús, en la eucaristía, que envíe trabajadores a sus campos, y apuntémonos como voluntarios, decididos a trabajar por Dios y por nuestros prójimos.

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