Contraste

Viernes 15 de Septiembre del 2017
GLENDA LIBIER MADRIGAL TRUJILLO

¡Mexicanísimos!

ME gusta ser mexicana, lo disfruto y a la vez lo sufro. Será acaso que no me conozco ni me imagino con otra nacionalidad. O será que aunque a veces siento que no encajo, ya me hice a la idea de que soy parte de este pueblo de gente disímbola y valiosa, reconocida por propios y extraños como resistente a la adversidad.

Un aniversario más de nuestra Independencia siempre es buen momento para sacar a flote nuestro orgullo mexicano. Es la fecha del año en el que todas y todos los que nacimos en territorio nacional nos sentimos en hermandad, identificados, unidos, orgullosos de pertenecer a una raza gloriosa, de antepasados misteriosos y únicos, que nos heredaron majestuosa arquitectura prehispánica y un cúmulo de tradiciones y costumbres sin igual.

Los vítores de esta noche para recordar y honrar a las mujeres y los hombres que nos dieron patria, son el preámbulo perfecto para comenzar la gran fiesta, que regularmente termina hasta el siguiente día. Son también días de banderitas tricolores que inundan plazas, calles y vehículos.

En estas festividades no hay mucho tiempo para dedicarle a la melancolía. Aunque no estemos conformes con nuestros gobiernos, la consigna general es sentirnos contentos por nuestra historia, por nuestras luchas y por nuestra gran fortuna de ser mexicanos. Si no es ahora, ¿cuándo?

Las fiestas patrias son idóneas para brindar con tequila y escuchar música de mariachi. Para comer –sin culpa– antojitos mexicanos, y celebrar y celebrar hasta que el cuerpo aguante o hasta que alguien termine con la fiesta por alguna rencilla menor. A nadie le interesa llamar a la tristeza en esos momentos de algarabía, hablando de política y de los políticos que nos tienen hasta la coronilla (eso también arruina la fiesta).

Son momentos para celebrarnos a nosotros mismos, como mexicanas y mexicanos bien nacidos y orgullosos de nuestra estirpe y de nuestras luchas libertarias, porque aunque fueron otras y otros quienes las vivieron y las sufrieron, son muy nuestras porque las sentimos, las celebramos y hasta las presumimos como algo glorioso.

El mexicano somos un pueblo sufrido y aguantador. La historia así lo consigna y nuestra actualidad lo ratifica con creces. Y aquí seguimos, resistiendo, soportando los vendavales ocasionados por la inmisericorde clase política.

Para entender y reflexionar sobre nuestra forma mexicana de ser, nada mejor que leer El laberinto de la soledad, de nuestro Nobel de Literatura, Octavio Paz, quien dice: “El mexicano puede doblarse, humillarse, ‘agacharse’, pero no ‘rajarse’, esto es, permitir que el mundo exterior penetre en su intimidad”.

En otra de sus expresiones, el escritor sostiene que “Para el mexicano, la vida es una posibilidad de chingar o de ser chingado”. Tal vez dura, pero absolutamente certera esta concepción. De otra forma, no podría entenderse cómo es que el pueblo de México tolera tanta corrupción oficial y todo lo que de ella se deriva. O cómo, tantas veces, nosotros mismos somos parte de esa corrupción, por acción u omisión, anteponiendo el “chingas o te chingan”.

“La muerte mexicana es el espejo de la vida de los mexicanos. Ante ambas, el mexicano se cierra, las ignora”, dice el mismo Paz. Y es que así somos los mexicanos, ¿o qué otro pueblo del mundo igual que la celebra, se burla de la muerte? Sin embargo, en el México actual que no le tocó ver a Paz, la muerte ya no tiene palabra ni tiene consideración. La violencia es muerte y esa muerte sin sentido tiene atemorizado y dolido a nuestro pueblo.

Para cerrar, nada mejor que esta definición de Paz: “Desde niños nos enseñan a sufrir con dignidad las derrotas, concepción que no carece de grandeza. Y si no somos estoicos e impasibles –como Juárez y Cuauhtémoc– al menos procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de la victoria, nos conmueve la entereza ante la adversidad”. Así somos, pues, ¡mexicanísimos!

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