Diálogos psicológicos

Domingo 18 de Junio del 2017
ALFONSO CHÁVEZ URIBE

Egolatría

EN términos psicológicos, cuando hablamos del “ego”, hacemos referencia a este hecho de ser conscientes de una “realidad”, de tener un nombre, un número de seguro social, un trabajo, cierta representación en la sociedad o la cara que miramos cada mañana frente al espejo. De entrada, esto no sería un problema; de hecho, es necesario. El asunto se complica cuando a este “ego/yo” le damos mucha más importancia de la que realmente tiene; cuando a ese “Yo” lo escribimos con mayúsculas, cuando lo convertimos en egolatría.

De este modo, ese “Yo” se convierte en una fantasía que sólo vive bajo sus propios criterios verdad, misma que, por supuesto, es irrefutable, nunca puede estar verdaderamente equivocado, los malos siempre son los otros, y que cuando quiere llegar a un “acuerdo”, en realidad lo que pretende es establecer los “términos de la rendición” de los otros. Pero, sobre todo, la fantasía descansa en la supremacía que se concede a sí misma. Supone que puede trascender cualquier limitación que le venga impuesta, basta con hacer uso del poder heroico de su voluntad.

Bajo estos argumentos, entonces la “amenaza” ya no es el narcisismo; este asunto de sentirse el chico o la chica guapa que nadie merece. No, el problema ahora es la titánica supremacía del ego, de ya no reconocer ningún poder, más allá de sí mismo. Tal vez podamos afirmar que hoy no existe mayor fundamentalismo que esta fe ciega en ese artificio llamado “Yo”, sino, piénsese en el origen de la idea, bastante peregrina, según mi juicio, de que bastan algunas palabras alegres para “decretar” que hoy me irá bien. Alguien podrá pensar que exagero, pero sólo baste recordar si eso alguna vez ha sido suficiente. Se le ha llamado incluso “la idiotez del pensamiento mágico” (se usan palabras más fuertes).

Es menester, pues, hacernos cargo. Tenemos que ser capaces de mantener esa egolatría a buen resguardo. No podemos hacer como que no existe; según opinan algunas filosofías, no puede someterse una fantasía con otra fantasía. Es más, corremos el riesgo de que este “Yo” acabe por dirigir la orquesta, lo que, por supuesto, agrava el problema. Y en este sentido, no sería nada raro escuchar un “Yo” que diga: “Yo soy más espiritual que tú” o “Tú sigues en las sombras, mientras Yo estoy en la luz”. De verdad que se escucha bastante espeluznante.

No podemos ignorarlo, en realidad, ese ha sido el problema. En nuestra ignorancia, este “Yo” ha usurpado un lugar que no le corresponde, se ha hecho de un poder que no era suyo. Por tanto, el camino empieza por notar su presencia, por estar muy conscientes de que se encuentran en las cercanías. No hay mejor manera de derrotar al enemigo que conociéndolo, descubriendo sus debilidades.

Aquí es donde se hace necesario disponer de la humildad suficiente para reconocer que existen fuerzas mucho más poderosas. Porque sin importar en lo que creamos de nosotros mismos, del “poder” económico, social o político del que dispongamos, nadie de nosotros es capaz de detener la muerte, la enfermedad, la vejez o la vida. Es más, de acuerdo con Carl G. Jung (fundador de la Psicología Analítica), ni siquiera somos dueños de nuestra propia casa, que si no, ahí están esos arrebatos casi demenciales de los que somos víctimas de cuando en cuando, para asombro de nosotros mismos y de los demás (se escucha a lo lejos aquello de “no era Yo”).

Antes de irme, es importante dejar asentado algo. Independientemente de los problemas que ello le ocasiona, usted puede estar “viviendo muy bien” con su ego en modo supremo, y no sentir la necesidad de hacer algo al respecto… que así sea, sólo no se sorprenda si un día despierta y descubre que está solo. Pero no es necesario llegar tan lejos, así que permítame que insista: ¿No sería buena idea empezar por reconocer que tal vez puede estar equivocado o que la razón puede que no esté de su lado?

 

*Miembro del Colegio Colimense de Psicólogos A.C.

 

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