De ayer y de ahora

Domingo 18 de Junio del 2017
JAIME ROGELIO PORTILLO CEBALLOS

Abuelo, Cristiada y campo de aviación

II/II

COMENTÁBAMOS que en la guerra cristera aquí en Colima (1926-1929), los ranchos y haciendas se vieron afectados por la inseguridad en los caminos y el enfrentamiento de los contendientes. Las actividades agropecuarias disminuyeron considerablemente, afectándose el patrimonio de muchos, entre ellos el de mi abuelo, Vicente Portillo Navarro. Además, en una fracción de las propiedades familiares, al sur de la ciudad de Colima, se encontraba el campo de aviación, mismo que fue ocupado y utilizado por los militares como espacio estratégico. De este modo, llegó a Colima la escuadrilla de aviones que bombardearon los caminos y campamentos cristeros en montañas y volcanes.

El gobierno advertía a la población, para que no se atrevieran a transitar en grupos por los caminos, ya que hacía saber que las fuerzas federales, entre otras las aéreas, tenían orden de ametrallar.

Los cristeros intentaron contrarrestar, cito el librito Un fusil sobre la cruz, de Juan Macedo López, en su página 53, a propósito del campo de aviación: “Proyectamos destruir los aviones del gobierno que se encontraban posados en el Llano de El Peregrino, cerca de la estación del ferrocarril de la ciudad de Colima. Alguien denunció o la operación no estuvo bien planeada o fue un error atacar de día. El caso es que los federales y los judiciales nos cayeron sorpresivamente. Fue, señores, un agarre muy serio. Saliendo del cauce del río y rodeando la huerta de El Tívoli, algunos de nosotros comenzamos a disparar sobre los soldados que estaban en la estación, de vigilancia, con la mira de que Marcos Torres cayera sobre los aviones… Si los federales avanzaban contra nuestra gente, entonces Marcos Torres los atacaría por el camino de El Alpuyeque que terminaba frente al campo de aviación... tuvimos que replegarnos, dispersándonos individualmente, unos por debajo del Puente Negro, siguiendo el cauce del río, y otros por las huertas y La Albarrada, para evitar ser blanco de nuestros perseguidores”.

La situación llegó a ser tan grave, que el secretario de Guerra, general Joaquín Amaro, instaló esa importante dependencia en Colima, para dirigir personalmente las operaciones contra los cristeros. Lo curioso es que el mismo día que llegó, los cristeros incendiaron tres aviones en el mismísimo campo de aviación asentado en los terrenos propiedad de la familia Portillo.

El pequeño estado de Colima, como una zona geográfica muy delimitada, aislada, parecía ofrecer todas las condiciones para que un ejército regular, debidamente equipado, apoyado por la artillería, la Marina y la aviación pudiera aplastar rápidamente un levantamiento popular, rústico e improvisado. A pesar de varias ofensivas masivas contra el levantamiento, comandadas por grandes generales, incluido el propio ministro Joaquín Amaro, los cristeros continuaron logrando incursionar los diferentes puntos del Estado. Pero también demostraron que fueron incapaces de vencer, quedando en evidencia el fracaso de la toma de Manzanillo, que puso de manifiesto la debilidad de la guerra de guerrillas.

Por el lado federal, un personaje interesante de estos episodios fue un valiente militar oriundo de Juchitán, conocido por su inteligencia práctica, su espíritu conciliador y su carácter humano. Fue el general Heliodoro Charis. Llegó a hacerse cargo de la campaña militar en abril de 1928. Desde el principio, intentó entablar relaciones con los cristeros, ofreciendo garantías, y prohibió las prácticas bárbaras de fusilar de manera expeditiva.

El general Heliodoro Charis y Vicente Portillo Navarro llegaron a ser amigos.

Ya en 1929, después de 3 años de enfrentamientos sangrientos, el presidente Portes Gil autorizó la firma de los acuerdos o “arreglos” Iglesia-Estado en México.

El arreglo, a nivel local, fue comunicado a las partes por el general Heliodoro Charis y el presbítero Enrique de Jesús Ochoa.

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