Despacho político

Viernes 15 de Septiembre del 2017
ARMANDO MARTÍNEZ DE LA ROSA

México en un grito

PAÍS afecto a la leyenda, el nuestro tiene en el catálogo la Noche del Grito, así como guarda el de la Noche Triste, el de los Niños Héroes, el Abrazo de Acatempan, el de la Malinche, la losa que cargaba El Pípila y, por supuesto, el de Quetzalcóatl. Somos, en este terreno, idénticos a otros pueblos que labran historias que enhebran verdad y fantasía en diversas proporciones de mezcla.

Aceptado e instaurado, el mito se arraiga hasta asumir condición de dogma de fe. Imposible dudar de él porque la patria se le viene encima al hereje. El Grito de Independencia es una de esas leyendas.

Por muchos repiques que el cura Hidalgo hubiese dado en Dolores, resultaba innecesario desvelar a los guanajuatenses de su tiempo para soltarles al filo de la medianoche un choro acerca de lo injusto que era el virrey con los criollos y, por tanto, pedirle a la corona española un trato mejor, no discriminatorio. En el mejor de los casos, el llamado a la rebelión se hizo en el sermón de la misa de 6 de la madrugada.

Porque Hidalgo no tenía intención de rebelarse contra el imperio hispano, sino reformar la relación de los súbditos en la Nueva España. Más o menos como Fidel Castro, que no era comunista ni mucho menos cuando se embarcó en el Granma.

La celebración de la independencia nacional la instauró el gobierno de Guadalupe Victoria, en 1824, esto es, 3 años después de la consumación, a propuesta de Wenceslao Sánchez de la Barquera.

Antonio López de Santa Anna, con paternal comedimiento, como toca a los dictadores, dispuso en 1845 que la celebración fuese los días 15 de septiembre a las 11 de la noche, para evitar a los ciudadanos levantarse de madrugada para la conmemoración.

La fiesta nacional se suspendió en 1847, porque los gringos invadieron México y se aposentó su ejército en Palacio Nacional, donde ondeó la bandera de las barras y las estrellas en un hecho ignominioso en la historia del país.

Y 10 años después, en 1857, promulgadas las Leyes de Reforma, el clero dejó de ser anfitrión de la celebración y, por tanto, no hubo fiesta.

Esta noche, el presidente Enrique Peña Nieto dará el Grito desde el balcón del Palacio Nacional, ondeará la bandera y será coreado por decenas de miles que se reunirán en el Zócalo de la capital del país. La tradicional cena que ofrece la Presidencia, se suspenderá esta vez. Se entiende que resultaría ofensiva para cientos de miles de mexicanos que en Oaxaca y Chiapas han sido víctimas del más fuerte terremoto que se haya registrado en un siglo en el país.

Porque en el lado oscuro de esa hecatombe, aparece una segunda desgracia: la falta de ayuda a muchas comunidades que la necesitan, como hemos visto en diversos testimonios de los afectados.

En Colima habrá, claro, festejo. No hay motivo para suspenderlo. La de hoy es una celebración que congrega a decenas de miles en el propósito de ensalzar a los héroes y gritar ¡Viva México!, en un refrendo de la identidad nacional, pero también un callado deseo de que las cosas mejoren y, acaso, una proclamación de una vaga fe en que eso es posible.

Es una forma de asegurarse que pertenecer a esta comunidad nacional mexicana es mucho más que la adversidad cotidiana en que vivimos, es decir, el país donde se ha nacido es más que la inseguridad, la violencia, la corrupción, el engaño político, el abuso laboral y otros padecimientos con que el año se carga.

Congregarse en el centro de la ciudad en una noche como la de hoy, significa asumir la nacionalidad, sí, pero también desahogarse porque la patria no termina de ser cuanto puede llegar a ser. Quizá nosotros no lo veamos, pero desde ahora contribuimos a que en el futuro mediato el nuestro sea un país mejor, una nación equitativa y una república próspera, donde prevalezcan las leyes, sí, pero leyes justas, una comunidad solidaria e igualitaria.

Es decir, todo cuanto no somos y soñamos ser.

Por encima de los mitos de la historia y por arriba de la adversidad real, gritemos ¡Viva México!, porque tenemos derecho a gritarlo.

 

MAR DE FONDO

 

** “No amo mi patria./ Su fulgor abstracto/ es inasible./ Pero (aunque suene mal)/ daría la vida/ por diez lugares suyos,/ cierta gente,/ puertos, bosques de pinos,/ fortalezas,/ una ciudad deshecha,/ gris, monstruosa,/ varias figuras de su historia,/ montañas/ -y tres o cuatro ríos”. (José Emilio Pacheco, mexicano, 1939-2014. Alta traición.)

 

** “Tus ojos son la patria/ del relámpago y de la lágrima,/ silencio que habla,/ tempestades sin viento,/ mar sin olas, pájaros presos,/ doradas fieras adormecidas,/ topacios impíos como la verdad,/ otoño en un claro del bosque/ en donde la luz canta en el hombro/ de un árbol y son pájaros todas las hojas,/ playa que la mañana/ encuentra constelada de ojos,/ cesta de frutos de fuego,/ mentira que alimenta,/ espejos de este mundo,/ puertas del más allá,/ pulsación tranquila del mar a mediodía,/ absoluto que parpadea, páramo”. (Octavio Paz, mexicano, 1914-1998. Tus ojos.)

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