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AÑO 58 | Nº EDICIÓN

 

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Cortando caña


         


ANTONIO MAGAÑA

Los “incendios”

EL nombre bien puede ser por la iluminación sobresaliente de la luz de las velas y veladoras de parafina, estratégica y artísticamente distribuidas en vistosos altares. Éstos se instalaban en los antiguos barrios, a propósito de la Cuaresma, exactamente el día Viernes de Dolores. Obviamente, antes de la Semana Santa, en la parte central medular o principal, se encontraba un cuadro con la dulce imagen de la dolorosa, la misma santisísima Virgen María, derramando sus lágrimas por el pesar que le causa la sentencia de crucifixión de su entrañable y divino fruto.
Los altares, conocidos como “incendios”, se establecían con sin igual fervor religioso casi en todos los barrios del viejo San Jerónimo. Familias de espíritu pío y cristiano fomentaban y conservaban esta añosa tradición; en la memoria popular, quedaron sólo los recuerdos de estas romerías y estancias de oración como los siguientes.
En casa de la partera, doña Cipriana Rangel; en el barrio de Tuxpita, domicilio de don Francisco Cortés, ahí obsequiaban plátanos para a los visitantes; mismo rumbo, Josito Ochoa, El Retumbo, quien arreglaba con mucho estilo su altar; Juventino Anguiano, doña Andrea Ramírez de Barreto, por la calle Real, al pie del arroyo de Los Canelos, costumbre que hasta hace poco continuó la señorita Salito Barreto. Aquí a los rezanderos se les ofrecía agua preparada de frutas y taquitos. Frente a otras casas de doña Manuela Soto, Sara Rincón, Amado Barbosa, Chole Benuto. En el barrio de El Tierno, en casa de Alifonso González; en el centro, con don Rafael González Curiel; en el barrio de El Ranero, la familia Ochoa, entre otros.
Los altares se organizaban en plena calle bajo una enramada cubierta por follaje de laurel, gramadillo, etcétera, la efigie de la Virgen Dolorosa al centro, de manera notoria, enmarcada con plantas de ornato: mirtos, crotos, vástagos y plátano, rosales, caídas de agua, corralitos con animales domésticos (de barro o plástico), palmilla, otates, productos agrícolas, etcétera, todo muy adornado y alumbrado con velas y veladoras.
Por coincidencia, a los peregrinos del Viernes de Dolores siempre los acompañaba una luna plateada, hermosa, por las amplias y pedregosas calles. Caravanas de familias, chicos y grandes, hacían el recorrido para visitar dichas estaciones, rezar el rosario, elevar plegarias, alabanzas, cánticos, todo en sana intención de fortalecer a la Madre de Dios en su pésame.
En algunos “incendios” se realizaban representaciones teatrales, en todas las casas un grupo espontáneo coreaba: “Que llore, que llore, que llore, ¡que llore la Virgen!”, insistían para que les obsequiaran agua de tamarindo, simbolizando las lágrimas de la venerada imagen dolorosa.
En algunos “incendios” también repartían alimentos: tamales, atole, canela, café, frutas, etcétera, por eso tanta insistencia para que emergiera el divino llanto. En estas jornadas había creencia religiosa de buena fe, pero como siempre, nunca faltaron los colados, los chistosos que aprovechaban el momento para hacer sus gracias, por ejemplo, ponerle candelilla (planta que provoca diarrea) a los alimentos, o “piquete” a las referidas lágrimas.
Con el correr de los años, todos los usos y costumbres experimentan cambios, se pierden formas o se agregan nuevos elementos, la modernidad acaba por dar muerte a estilos de vida pueblerina, sepultándolos en el polvo del olvido, tal es el caso de los “incendios”, pues sucedió que la “raza” en Viernes de Dolores se convirtió en vándala destructora, que de broma pesada la gente se comenzó a bañar, primero con las “lágrimas”, después a botazos, desperdiciando impunemente el agua potable y faltándole el respeto a niños, ancianos, a personas enfermas y hasta discapacitados.
Luego las “bañadas” de Viernes de Dolores se hicieron con otros líquidos, incluyendo el jugo de riñón; esto, como respuesta lógica, trajo reacciones violentas de agraviados, al grado de que una costumbre religiosa degeneró en riña callejera.
Últimamente, grupos de muchachos abandonan su escuela, el famosos viernes, para agredirse con globos de agua y huevos estrellados en la cabeza, en algunos casos, éstos en estado de descomposición.
Este susodicho día, dado el río revuelto, lo aprovechan algunos burócratas de la educación para hacer puente y cooperar con el fomento a la flojera y a la corrupción de una sana tradición.
Así, lamentablemente, los altares de Viernes de Dolores dejaron de existir con sus romerías, con sus cantos y plegarias de solidaridad con la Santa Virgen, ante la inminente pérdida de su hijo Jesucristo.
Nota: Agradezco las aportaciones de mis entrevistadas: Toya Curiel viuda de Preciado, Lupita Barbosa viuda de Preciado, y de la señorita Salito Barreto, de 86, 82 y 92 años de edad, respectivamente.

 

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