
AÑO 60 | Nº EDICIÓN 20007
SERGIO BRICEÑO GONZÁLEZ
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CONOCÍ a Carlos Ramírez Pereyra desde que cursábamos la primaria en el colegio Fray Pedro de Gante. A veces nos sentábamos cerca, un pupitre del otro, y ambos formábamos parte del coro que dirigía, no recuerdo si el padre Lugo o el padre Meneses. Me gustaban mucho sus dibujos.
Lo que más me asombraba era su habilidad para los trazos. Carlos siempre tuvo una idea del color y de sus intensidades que ahora fructifica con el premio que acaba de recibir en un concurso internacional de escultura que se verificó en una provincia francesa. Sólo que entonces no imaginaba yo que su forma de colorear (se mojaba el dedo índice con saliva y frotaba con él los colores que aplicaba a las obras que hacíamos en la clase de dibujo técnico) era tan suya que, sin saberlo, estaba vaticinando a un artista visual en proceso de maduración.
También estaban en el salón, que compartimos incluso en secundaria (lo que significa, en términos concretos, 9 años de convivencia constante), Kurt Malcher, Ciro Hurtado, María Laura Venegas, Miguel y Carlos Ochoa, Manuel Villarruel, Sergio Jiménez, Rafael Trejo. Un año o dos más adelante de nosotros iban Adrián Brun, Ignacio Peralta, Juanis Ahumada, Alejandro Macedo. Me refiero únicamente a quienes más o menos pasamos juntos los largos y sorprendentes años de la educación primaria y secundaria.
Ahí fue donde aprendí el gusto por la lectura. Los salesianos del Fray Pedro tenían una pequeña biblioteca al final del corredor de la segunda planta, donde me encontré con mis primeros textos de Isaac Asimov. Villarruel leía libros científicos de autores olvidados y Kurt hablaba todo el tiempo de sus viajes, incluyendo el que hizo a Egipto y cuyas fotos nos sirvieron para exponer en la clase de Geografía que impartía El Chagui. Nos puso diez de calificación a todos los del equipo, que casi siempre hacíamos las tareas en la casa de Kurt en Comala o en la Biblioteca “Rafaela Suárez” de la Casa de la Cultura.
Cuando recuerdo a Carlos Ramírez, lo veo como un niño inquieto. Nunca se estaba “en juicio”, como decía mi abuela, y encima de todo era sumamente talentoso para casi todas las materias que cursábamos. Lo plástico, lo visual, era su zona de confort, y era evidente en su manera de disfrutar cada superficie que iba él llenando de color, mientras pensaba, sin duda, en la clase de canto. Competimos una vez, no sé bien por qué circunstancia o coyuntura, para ver quién se quedaba con el puesto de solista en el coro. Perdí por unos cuantos puntos.
El tiempo nunca sabe lo que hace. Es como el amor: ciego e infantil. Puede causar destrozos o generar maravillas. En el caso de Carlos Ramírez Pereyra (sus hermanos, Armando y Hugo, eran figuras célebres y de respeto en el Fray Pedro, lo mismo que Carlos), el tiempo, estoy seguro que lo confirmó como lo que siempre fue: un espíritu sensible y ansioso por modelar el mundo que lo rodeaba.
Ahora lo vemos y lo palpamos. La escultura con la que ganó en Francia, a base de heno y paja, dice mucho de lo que siempre fue: un versátil improvisador y realizador de la belleza elemental. Sus búsquedas prehispánicas, que tanto lo han motivado, como él mismo lo reconoce, hablan y ejemplifican la dimensión de sus hallazgos. Resolver en pocos elementos y trazos una idea tan compleja (la relacionada con los astros y el sacrificio humano), habla de una línea temática que dará mucho más en el corto futuro.
Mis felicitaciones para Carlos, quien confirma con lo hecho hasta ahora que el arte se encuentra muchas veces en esas personas con las que, sin saberlo, crecimos y maduramos para desembocar en los adultos que ahora somos.
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