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AÑO 60 | Nº EDICIÓN 20007

 

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Quo vadis mundi. De medicina, píldoras y otros ungüentos

Domingo 03 de Marzo de 2013
         


EDUARDO CAMACHO CONTRERAS

La visita de Teófilo René Jacinto Pérez Lacroix

LA semana pasada, a propósito de la batalla del 5 de mayo en Puebla, a la que asistió el jefe supremo de todos los Ejércitos de México, emulando al héroe de El Peje, don Antonio López de Santa Anna, dictador sempiterno del pueblo mexicano, pero a la vez muy querido, que hizo lo que quiso y todo mundo lo veneraba. Don Peje, que ya chochea, sueña algún día ser como él.
La historia de esa época de nuestro México la borraron del papel por ser trágica y empobrecedora; para los que no se acuerden, fue cuando se perdió Arizona, Texas y Nuevo México.
Perdón por la patinada, el ungüento alegre pero serio de hoy, con motivo de la derrota francesa, llegó ni más ni menos a visitar al abuelo su gran amigo de la infancia, don Teofilito, compañero del colegio y héroe de mil batallas en el campo del amor.
Don Teófilus René Hyacinthus Pérez Lacroix, hijo de una superviviente de la batalla del 5 de mayo, Genevieve Lacroix, casada con el sencillón de José Pérez, quien la conquistó y de ahí nació Teófilo René Jacinto, a quien su madre le llamó toda la vida Teofilito.
Teófilo reside en Menlo Park, California, zona de élite, en donde es dueño de un departamento de todo lujo en un edificio de alta seguridad. Nice boy, dice el abuelo, era el guapo del barrio, pues era muy carismático, aunque no muy estudioso, pero le alcanzó para graduarse de arquitecto en una de las universidades del país, emigrando posteriormente a E.U., atraído por las luces de la fama y el color verde esmeralda del dólar, en donde desarrolló su gran capacidad como arquitecto, además de sus relaciones humanas para hacer amistades. Ahí también conoció a Carole, bella y privilegiada dama de alcurnia, además única heredera de grande y cuantiosa fortuna. Contrajo nupcias con ella, y según nos relata la historia, vivieron felices más de medio siglo.
Teófilo René Jacinto Pérez Lacroix no volvió a la madre patria hasta hoy, ocasión en la cual decidió visitar al abuelo y de paso ver a los viejos amigos, en los cuales se incluye a don Tomasito, formando así el grupo de los tres mosqueteros, 40 años después.
Gran algarabía, truenos y fanfarrias, pues por fin otra vez juntos. Examinemos detenidamente el retorno de don Teofilito. La mañana del 5 de mayo desciende en el aeropuerto el famoso nice boy, abrazos, sonrisas y lágrimas de alegría juvenil prorrumpieron en interminables cascadas; la música vibró con la canción de México lindo y querido.
Ya estando en la casa del abuelo, por la noche hubo sopitos de Comala, enchiladas y, lógicamente, la copita de tequila para gritar a todo pulmón: ¡Viva México! Los tres mosqueteros estuvieron encantados de la vida con el retorno del hijo amado, amigo del alma; finalmente, bailaron la danza de los viejitos, con máscaras que el abuelo tenía preparadas para la ocasión; y la alegría que había en el rostro de Teofilín y de sus grandes amigos terminó porque el cansancio los rindió a las 2 ó 3 de la mañana, pues con todo y que eran los tres mosqueteros, eran 40 años después y necesitaban dormir.
La leyenda del nice boy continuará la próxima semana. No se olvide de buscar las píldoras en esta columna. Acompáñeme en el misterio del regreso de Teófilo René Jacinto Pérez Lacroix. Me retiro en este momento porque mi prima de 89 años sufrió la segunda caída y tengo un presagio. Envío un cordial saludo a Martita y contestaré su correo a la brevedad posible.

 

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