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AÑO 60 | Nº EDICIÓN 20007

 

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Domingo 03 de Marzo de 2013
         


ROLANDO CORDERA CAMPOS

El debate y la libertad de los premodernos

FRUTO del cambio económico hacia una economía abierta y de mercado, se ha implantado en México la utopía de que de aquí, habida cuenta de lo logrado, podemos pasar sin mayor trámite a una sociedad de mercado, donde todo se venda y evalúe conforme a su precio. Tuétano de tamaña pretensión, que en las actuales circunstancias nos hace cada vez menos contemporáneos del resto de los hombres, es la idea de la libertad económica y de empresa como libertad absoluta, madre de todas las demás, cuya vigencia y predominio servirían para medirnos en modernidad, desarrollo y hasta en democracia.
No hay idea menos moderna que la señalada, aunque se le traduzca del inglés o se adopte el “índice de libertad” de la poco respetable Heritage Foundation. Es indudable, por otro lado, que el régimen económico mercantil y el régimen político democrático nos refieran ineluctablemente a la idea de libertad como valor fundamental del Estado y la sociedad. La democracia, sin embargo, no sólo nos remite a la idea de libertad, sino también a la de igualdad, que no puede realizarse ni reducirse al ejercicio del voto. Éste es consustancial a la democracia, pero al llevarlo a cabo se abre un gran espectro de probabilidades en cuanto a su expansión y materialización en el terreno económico y social. Sin ello, la democracia pierde sentido y contenido, y el Estado que emana de ella sufre un agudo y corrosivo proceso de vaciamiento que tarde o temprano lleva a su crisis o su colapso.
Así se configura el “doble movimiento” de la sociedad moderna capitalista, entre el mercado y sus impulsos absolutistas, que se coronarían en una sociedad de mercado, y la sociedad que se defiende de las inclemencias mercantiles y de la competencia, confronta la explotación y reclama soberanía y preeminencia en las prioridades y asignaciones del Estado. Este péndulo, histórico según Karl Polanyi, su gran formulador, incluye la defensa y protección que la sociedad hace del resto de la naturaleza, amenazada, como el hombre, por la embestida mercantilizadora que no cesa.
Por casi un siglo, el péndulo funcionó a favor de la defensa social y natural, y en este último aspecto ha adquirido recientemente celebridad y empuje, debido a la amenaza cercana del cambio climático. Las enseñanzas crueles de la Gran Depresión, los totalitarismos y las guerras mundiales llevaron a una maduración de este doble movimiento que se transformó en un formidable mecanismo institucional que incluso llevó a un cambio cultural de enormes y promisorias proporciones: el bienestar y los derechos sociales fundamentales, fueron vistos como constitucionales y constitutivos del Estado, que asumió en toda su extensión las tareas y los compromisos que implicaba dicho salto: el mundo estaba, sobre todo en sus regiones más avanzadas, ante la posibilidad poco lejana de una mudanza civilizatoria. Con la conformación de la Unión Europea, esta perspectiva se volvió palanca de aliento y optimismo para los que venían del experimento soviético y, sin duda, para el gran continente de los países emergentes, en desarrollo o subdesarrollados.
Todo empezó a cambiar para mal en los años 70, con Thatcher, Reagan y sus ideólogos y corifeos. La globalización se volvió mantra y la libertad reclamó su lugar de honor en el panteón capitalista, hasta subordinar sus diferentes versiones al credo económico dominante: la sociedad empezó a ser regida por hombres y principios que llevan a saber el precio de todo y el valor de nada.
Éste fue el carnaval globalista orquestado por Wall Street, entusiastamente coreado por el resto del mundo y sus mercados. Y recibido por nuestras élites con un extraño sentido de pertenencia.
El nuevo reino de la mercancía se presentaba así como un auténtico nuevo mundo para la humanidad. La historia difícil resumida por doble movimiento llegaba a su fin.
Así se dio y aquí se impuso como virreinato dizque liberal cuando a la economía le faltaban recursos y reflejos y al Estado le escaseaban recursos humanos y fiscales y, sobre todo, legitimidad. El resultado está a la vista: un aparato productivo deforme e incapaz de emplear a una juventud ansiosa de trabajo, y un Estado sin posibilidad de cumplir con sus tareas históricas fundamentales de protección y articulación y modulación de intereses contradictorios.
La libertad se confunde con botín y la empresa con patente de corso. La democracia es colonizada por los poderes de hecho y hasta la libertad de expresión se tasa en pesos, centavos y dólares.
Lo ocurrido con el debate y la postura de la televisión obliga a volver a esta problemática. La libertad económica no puede oponerse a la democracia, porque en el desarrollo y maduración de ésta le va la estabilidad y permanencia. No hay libertad de empresa que dure sin un Estado de Derecho que la afiance y encauce, y no hay Estado de Derecho legítimo que no pase por el escrutinio democrático que es, necesariamente, deliberación, polémica, debate.
La libertad en la que se arropa Televisión Azteca para su bravata es la del hacendado o el encomendero; nunca será la libertad de los modernos, por más internet de que disponga.
Ni modo, la premodernidad de estos libres obliga a retomar el tema de la reforma política y de una legalidad indispensable. El acuerdo civilizado, basado en el compromiso democrático de la empresa, ha sido puesto en entredicho por la propia empresa y toca al Estado idear un correctivo que no puede ser el de “naturalizar” la incontinencia de los intereses privados. La defensa de la libertad económica pasa por la de la libertad política que es, no puede ser de otra manera, la de la sociedad democrática.

 

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