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AÑO 60 | Nº EDICIÓN 20007

 

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De ayer y de ahora

Domingo 01 de Julio de 2012
         


JAIME ROGELIO PORTILLO CEBALLOS

Lazos afectivos

SOY un ser que se emociona y experimenta diversos sentimientos. El otro día, fui a una misa y al tiempo que seguía la liturgia mi vista se topaba con las personas que se encontraban adelante, dándome la espalda, entre el altar y mi persona. A veces, sin querer damos una hojeada a los que se encuentran delante y a los lados. Se reconoce a algunos. Se fija uno en algo que le llama la atención; en ocasiones, muy indirectamente, ya que se están siguiendo los diferentes momentos litúrgicos.
Pues bien, al tiempo que escuchaba lecturas y salmos respecto a las diversas manifestaciones del amor de Dios, mi vista alcanzaba a ver en una banca de adelante a tres figuras: un padre, un hijo y una madre. Padre y madre flanqueaban al pequeño hijo como de 8 años de edad, le manifestaban con diversas expresiones una multiplicidad de sentimientos: ternura, protección y cariño parecían irradiar cuando el padre pasaba amorosamente su brazo abarcando su espalda hasta el hombro, o cuando le besaba. El niño, a su vez, ocasionalmente, se inclinaba o recostaba ligeramente sobre su madre.
Aquellas figuras adultas parecían dos grandes árboles arropando al tierno brote de ellos mismos. Y el niño semejaba al cachorro que se refugia y protege teniendo de escudos ante el exterior a sus progenitores. El chico se veía seguro, confiado, protegido.
Ahí estaba yo, presenciando una escena bellísima: la manifestación del amor de unos padres por su hijo. Lo que se veía era sencillo, sincero, auténtico.
El presenciar todo aquello llevó a mi pensamiento a remontarse a mi juventud, a una época en que me alejé, por estudios, mucho tiempo de mis padres. Ese alejamiento, ese distanciamiento, esa separación hicieron que afloraran en mí reflexiones sobre la importancia del afecto, del amor en una familia. Y aunque el joven adolescente tiene más elementos de formación, siempre requerirá el afecto, cariño y atención de sus padres. No digo que en la misma manera que un niño, pero sí en la manifestación de ese importante lazo afectivo que da el amor entre padres e hijos.
Observaba en aquella misa cómo somos los seres humanos. Necesitamos amar y ser amados. Es una necesidad imperiosa. Cada uno experimentamos la insuficiencia de nosotros mismos y la necesidad de buscar el encuentro y la unión con otro ser o seres. Esto es el amor, pero también es ese sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, en una reciprocidad de unión, nos complementa, alegra y da energía para convivir y comunicarnos. Es un sentimiento de afecto, inclinación y entrega. Es desear y hacer el bien al otro.
Tengo la convicción de que esta inclinación de amor o buen afecto que se siente hacia alguien, sean nuestros padres, hijos, esposa, amigos o hermanos, debe cultivarse y expresarse porque ¿de qué sirve amar a alguien sin demostrárselo? Además ¿es posible querer o sentir inclinación o afecto hacia alguien sin demostrárselo? De ahí la frase: “¿De qué sirve que me quieras si no me lo demuestras?”.
Hay tantas y variadas formas de expresar el afecto, el cariño o el amor. No terminaría en un breve escrito como éste de enumerarlas. Besos, abrazos, palmadas, saludos, agradecimientos, elogios, palabras de aliento, expresiones de reconocimiento, regalos, detalles… Y en otro aspecto expresamos afecto cuando somos responsables, honestos, veraces, justos, en suma cuando vivimos los valores.
Pero también el amor duele. “Ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal”, dice la madre Teresa de Calcuta. De ahí el sacrificio, la lucha, el esfuerzo, la dedicación, el apoyo en la enfermedad, el estímulo en el desánimo, la comprensión en los problemas; el sufrimiento ante la adversidad o fracaso o ante la pérdida de un bien o un familiar…
En aquella ocasión, cuando la misa concluyó y salimos, pude ver a distancia cómo caminaban aquellos padres con su hijo en medio de muestras de cariño.
Yo me encaminé hacia mi hogar no sin antes ver hacia el azul del cielo, ensanchar mi pecho y suspirar gratamente agradecido.

 

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