
AÑO 60 | Nº EDICIÓN 20007
JAIME ROGELIO PORTILLO CEBALLOS
Sesenta
EN el transcurso de la vida siempre hay fechas significativas o, más bien, momentos en donde se termina una época y empieza otra. Ciclos que se cierran y otros que se abren. Periodos de tiempo en que se vive de un modo y luego el inicio de otro en donde hay cambios. Y la existencia transcurre a veces imperceptiblemente, pero la llegada de esas fechas nos hace pensar que hemos recorrido otro tramo del camino.
No es el mismo pensamiento que tiene una joven frente al espejo que el de una señora de más edad. Y aunque las mujeres “nunca” envejecen, su vista en el espejo se centra en su semblante, sus arrugas, sus imperfecciones. El hombre maduro empieza a ver salir sus canas o el crecimiento de su calvicie y, en muchos, de sus barrigas.
Como un día, así es la vida; los colores y la luz que se aprecian van cambiando a medida que el reloj va caminando. La luz de la mañana es clara, a mediodía intensa. El atardecer está lleno de matices y tonalidades. Con la línea del horizonte en la mira, los colores son tenues, de tonalidad pastel.
Estoy empezando a ver mi atardecer. Pasó el calor de la mañana y la vigorosa luz, brillantez e intensidad del mediodía. Al declinar el sol, pasada la hora nona, los colores brillantes e intensos van cediendo el paso poco a poco. Con el carmín del celaje, aprecio ahora los diferentes y sutiles colores, en el policromático firmamento, con los arreboles en el horizonte.
Aunque todavía estoy en la segunda edad con tres cuartos, estoy entrando a esa etapa recientemente bautizada como “adulto en plenitud”. Otros la llaman “la tercera edad”. A punto estoy de convertirme en un sexagenario. Y aunque me resisto, el dios Cronos me empuja en esa dirección. Todos transitamos un camino. Unos escogimos una ruta, otros se han adentrado en diferentes senderos. Pero todos los caminos tienen las mismas etapas. Y todos tienen un término.
Esta adultez en plenitud significa para mí buscar mejor calidad de vida en todas mis acciones. Administrar mis energías lo mejor posible. No gastar pólvora en infiernitos. Seleccionar mejor. No sólo sacar juventud de mi pasado, sino encarar el porvenir con los sueños e ilusiones que te dan tus logros y con el incentivo que te plantean tus carencias y frustraciones. Llegó la hora de meditar más las cosas. Ser prudente, discreto y pausado en las decisiones. Buscar la ayuda y promoción a mi familia, amigos, conocidos y gente necesitada. Como que es el tiempo de sentarse un poco a reflexionar, a ver no sólo hacia atrás, sino también para adelante.
Aunque el sentido del tiempo es diferente según la edad, empiezo a valorarlo de una manera diferente. Estoy aprendiendo a disfrutar más de las cosas sencillas de la vida, de lo que tiene uno a la mano. Acciones o actividades como convivir con la familia, compartir momentos con las hijas o realizar tareas caseras reportan pequeñas o grandes satisfacciones que podemos tener todos los día. Preocuparse sanamente por la pareja y las hijas es otra realidad de mi estado de vida, sin descuidar a los amigos, parientes y compañeras de trabajo. Estar en armonía con los que nos rodean.
No creo que sólo existan atardeceres idílicos. Hay que sortear obstáculos y superar problemas: que no se cuenta con suficiente dinero en la bolsa; que la pensión o jubilación es raquítica; que la salud tiene sus altibajos; que los hijos ya se fueron o están por irse; qué sé yo.
Me pregunto: ¿Y qué? Nadie ha dicho que vivir es sólo gozar de un lecho de rosas. La vida para mí es lucha, esfuerzo, combate. Pero también paz y alegría; desarrollo y bienestar. Así es de modo que diario hay que limitarse, estar activos, andar erguidos y tener la frente en alto. Y el pensamiento en Dios. Y enfatizo esto último porque los creyentes somos más felices. Tenemos esperanza.
Pero hay una situación que creo fundamental: sentir y vivir con la satisfacción de que, a pesar de nuestras limitaciones, dolencias o problemas, estamos activos tratando de desplegar el potencial de experiencia acumulado, e impulsados por el motor espiritual que todo lo mueve: el sentimiento del amor.
Es mucho lo que hay que decir, apreciar y evaluar en un atardecer. Éste es sólo el comienzo.
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