
AÑO 60 | Nº EDICIÓN 20007
JAIME ROGELIO PORTILLO CEBALLOS
A los maestros, con cariño
EL formar o modelar la personalidad de un educando, sea niño o joven, es una tarea básica del educador. Aquí, en Colima, existen y han existido maestros y maestras que han consagrado sus vidas al ejercicio de esta noble y fecunda actividad. Muchos de ellos han transcurrido su vida prácticamente en el anonimato, y no es por mediocridad o falta de mérito o talento pedagógico, sino más bien porque su labor se desarrolla callada pero efectivamente en diversas escuelas de ciudades, poblados o rancherías.
Hombres y mujeres que ponen el mejor de sus esfuerzos y creatividad en el desempeño de sus funciones docentes; que muchas veces suplen las carencias de las instituciones con ingenio y que con su ejemplo –esa pedagogía oculta– dan muestras a sus alumnos de lo que la vida es y debe ser.
Sin embargo, al lado de este contingente de esforzados educadores existe una gama de aprendices de maestro o simplemente deformadores de la niñez y juventud, que también con su presencia y testimonio dejan un triste ejemplo de esta noble ocupación.
Decía Kant que el hombre puede considerar como los dos problemas más difíciles de resolver son el arte del gobierno y el de la educación. Y sin embargo, estos problemas y ocupaciones suelen ser abordados audazmente por algunos, sin una preparación previa. Los improvisados abundan en los dos campos, y los resultados saltan a la vista.
El educador, para ser tal, debe poseer ciertas condiciones; debe ser capaz de responder a situaciones nuevas, de interpretar la realidad; debe poseer una presencia agradable y ser capaz de provocar interés y entusiasmo, de sostener la atención del auditorio; debe tener algo de artista, de orador o de poeta, sin necesidad de serlo profesional o técnicamente.
Además, la educación es algo más que arte. Si ha de tener carácter permanente y ser transmisible en el tiempo y en el espacio, necesita una técnica y una ciencia. Y aun más, requiere asimismo una teoría y una filosofía en la cual basarse. No hay actos humanos elevados, como son los educativos, que puedan realizarse sin ideas, sin modelos. El modelo de hombre es lo que regula la acción educadora. El educador necesita tanto de la experiencia y la práctica como de la reflexión y de las ideas.
Afortunadamente, en Colima existen maestros en el profundo y real significado de la palabra. Hombres y mujeres con amor y entrega a su trabajo y a sus alumnos; conocedores de la técnica y dominadores del arte pedagógico; que estimulan al alumno y despiertan en él sus posibilidades de crecimiento, que tienen congruencia entre el pensar y el actuar; que encuentran una real satisfacción, cuando el alumno aprende y supera los obstáculos; en suma, cuando logran el objetivo de desarrollar las facultades o potencialidades del educando. A todos estos maestros hay que extenderles siempre un auténtico y sincero reconocimiento.
Aprovecho este espacio para reconocer los esfuerzos, dedicación y talento pedagógico de varios que fueron mis maestros y maestras y a quienes guardo especial afecto: Esperanza M. Rodríguez (1959), Genoveva Sánchez (1960), en el antiguo Colegio Anáhuac; Refugio Cuca Chapula (1962), David Canales Galindo (1964), en el antiguo Instituto Manuel C. Silva; los maestros salesianos (1967), el señor Humberto Mariscal (1966), el señor Fonseca (1967), El Capi Aguilar (1967), El Apá, Jorge Castell (1968), en el Instituto Fray Pedro de Gante; el profesor Carlos Torres Téllez (1967-1969), Mario y Hugo Enríquez Casillas (1968), Gregorio Macedo López (1968), Jorge y Gabriel Portillo del Toro (1967-69), Salvador Rodríguez (1968), Rigoberto y Enrique López Rivera (1967-68), en la preparatoria de la Universidad de Colima que se encontraba donde ahora está el Instituto Universitario de Bellas Artes (IUBA); el maestro de inglés, Joseph O Sullivan (1963-66).
También guardo gratos recuerdos de varios maestros(as) de mis estudios en el D.F., de mi licenciatura en pedagogía de la UNAM (1971-1976), así como de la maestría en ciencia política y administración pública en el Colegio de México (1977-79). Mencionaré sólo unos cuantos: el sociólogo Raúl Béjar Navarro, el finado internacionalista Antonio Tejo López, el maestro Agustín Lemus, el profesor Lorenzo Meyer, la maestra Soledad Loaeza, la embajadora Olga Pellicer… (como la lista continúa, en otro escrito me referiré a otro grupo de excelentes educadores).
Felicidades a los maestros y maestras, hoy y siempre.
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