
AÑO 60 | Nº EDICIÓN 20007
JAIME ROGELIO PORTILLO CEBALLOS
Impresiones de un viaje V
JULIO de 2011 siempre había sido motivo de gusto, de placer, de asistir a un museo, pero aquella vez no fue así. Habíamos salido dos de mis hijas, dos sobrinas y yo de la casa de mi concuño Agustín, al sur del D.F.
Tomamos el metrobús en la terminal El Caminero y emprendimos camino rumbo al Centro Histórico de la capital. Aunque el grupo formado por cuatro jóvenes, mujeres y yo, de escasos 59 años, manifestábamos gustos e intereses distintos, habíamos convenido ir ese día a deambular por el Zócalo, La Alameda y las calles que los comunican; asistir al famoso El Café de Tacuba; recrearnos viendo edificios, iglesias y aparadores, para rematar yendo al museo del Policía, en la calle de Victoria esquina con Revillagigedo.
Empezamos tarde nuestro recorrido, ya que mis hijas y sobrinas no se levantaron temprano ese día. Además, en una gran ciudad hay que sumarle de una a 2 horas en los desplazamientos.
Ya cerca de mediodía estábamos en el Zócalo. Disfrutamos las vistas del Palacio Nacional, de la Catedral, del ayuntamiento, y caminamos por la calle Madero, apreciando sus hermosos edificios, el Palacio de Iturbide y la iglesia La Profesa.
Las jóvenes se detenían con frecuencia en tiendas de ropa y accesorios femeninos, mientras que yo asumía mi papel de “guarura” esperándolas en la puerta. Cuando el hambre empezó a manifestarse, recordé la recomendación que nos habían hecho: “No dejen de ir a El Café de Tacuba, es un lugar típico y agradable para comer”. Y hacia allá fuimos, a Tacuba número 28, a una cuadra de Bellas Artes y del teatro de la Ciudad de México. Grande fue mi impresión al entrar a El Café de Tacuba, que está ubicado en una casona del siglo XVII del Centro Histórico de la Ciudad de México. Se respira historia y tradición gastronómica por la calidad y el sabor de sus platillos fuertemente arraigados en un México colonial ya desaparecido. Se dice que en sus manteles han quedado migas de recuerdos de grandes eventos: flores, adornos y azahares de bodas como prueba de agasajos y banquetes; trozos de celuloide de películas filmadas, como Los hijos de Sánchez, en la que Anthony Queen caracterizó al señor Santos Hernández, empleado del Café por más de 50 años y modelo de la obra consagrada de Oscar Lewis.
Aunque los precios no eran económicos, la comida fue excelente, y como era vasta, dividimos porciones y disfrutamos ese lugar con el deleite adicional de escuchar un grupo musical con interpretaciones del México novohispano.
Después de esa suculenta comida y agradable ambiente, reanudamos nuestro recorrido rumbo al Museo del Policía, donde estaba la exposición “Asesinos Seriales”. Una vez que transitamos como turistas por varias calles, arribamos al lugar, compramos nuestros boletos y entramos a aquella oscura, tenebrosa y escalofriante exposición.
El mismo boleto nos presagiaba temor: una calavera al lado del número progresivo. Al ingresar te proporcionan unos audífonos, mismos que se activan en cada una de las –si mal no recuerdo– once exhaustivas explicaciones de otros tantos asesinos seriales.
En cada explicación ves una muestra, una macabra exhibición, de aspectos verdaderamente espeluznantes sobre cómo vivían y actuaban. Cómo acechaban a sus víctimas, cómo las sorprendían, las engañaban, amordazaban, violaban, mutilaban o descuartizaban. En aquellos audífonos se escuchaban palabras como monstruo, psicópata, maniático, homicida… asesino en serie. Se dice de estos individuos que de forma general comparten rasgos comunes: gran inteligencia, poca o nula capacidad de amar, sentir culpa o cualquier reflejo afectuoso a terceros no conocidos, gran indiferencia e insensibilidad hacia terceras personas y un gran resentimiento social.
Aunque mucha de la información allí expresada a través de audífonos es interesante, sentí náuseas, mareo y un desagradable dolor estomacal, de lo que me sobrepuse y logré ver toda la exposición.
La muestra es útil si se va con un criterio científico o de investigación. Aprendes nociones de Criminología, de Medicina Forense, de Psicopatología, Psiquiatría y de técnicas investigativas. Entre estas últimas, que se usan en la escena del crimen, buscando el esclarecimiento rápido y preciso del delito cometido y sus ejecutantes, figuran el sistema de registro y análisis de huellas dactilares, el sistema digital integrado de análisis de residuos balísticos, el estudio de los rastros de sangre y la determinación del tiempo de la muerte.
Salimos de ese museo, del Policía, y de esa exposición, silenciosos y cabizbajos. Pensaba: ¿Cómo es posible que existan seres tan desequilibrados, tan carentes del más mínimo sentimiento de amor, tan deshumanizados? ¿Cómo remediar esta situación?
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