
AÑO 60 | Nº EDICIÓN 20007
JAIME ROGELIO PORTILLO CEBALLOS
Impresiones de un viaje III
DESPUÉS de haber estado en la ciudad de Aguascalientes, donde compramos víveres y algunos utensilios, nos dirigimos por la carretera que va a Zacatecas, hacia la única zona de bosque y serranía del estado de Aguascalientes y que comprende también parte de Zacatecas.
Llegamos a esta sierra, conocida como “Sierra Fría”, después de divisar una población al borde de una laguna llamada San José de Gracia, donde se puede atravesar la laguna y observar en la otra orilla la imagen del Cristo Roto. Inmediatamente después –por la carretera– comienza el ascenso por un camino sinuoso, pero con unas vistas verdaderamente impresionantes. Enormes despeñaderos, gigantescos precipicios, montes con inmensas rocas escarpadas, y a lo lejos se pierde la vista en un lejano horizonte que se ve rematado por la línea montañosa que se desvanece entre la bruma de nubes y la lejanía de la distancia.
Un gigantesco valle se aprecia al pie de aquella serranía que acabábamos de ascender. Así llegamos a un pueblecito llamado Congoja, que es la puerta de entrada a la “Sierra Fría”, área natural protegida de 112 mil 90 hectáreas. Nuestro destino era el campamento “La piedra del tesoro”, un lugar apropiado para grupos de excursionistas y gente que le gusta acampar. Dispone de instalaciones rústicas y habitaciones colectivas con múltiples literas, tanto para hombres como mujeres. Cada gran habitación cuenta con sus respectivos y numerosos lavabos, sanitarios y regaderas.
En ese lugar, en esa sierra, se encuentra uno sumergido en un mundo de silencio, aislado de la “civilización”. No hay señal para hablar por teléfono, todavía no hay electricidad (aunque el campamento tiene su planta de luz). Eso le da –a mi parecer– un especial atractivo.
Te deleitas con los atardeceres, con la penumbra de la noche. Te envuelve la atmósfera arrobadora de una noche con luna llena. Aprecias cómo la luz de la luna va desplazándose e iluminando montes, barrancas y cañadas a lo lejos. El viento y algunos sonidos de animales se escuchan a gran distancia. El rumor de un bosque solitario está presente.
Ahí estuvimos 2 días con sus respectivas noches, desayunando, comiendo y cenando en un gran comedor con mesas y sillas rústicas hechas con troncones. El mirador de ese comedor nos mostraba montañas y cerros a lo lejos con vegetación boscosa, tal si fuera un hermoso óleo de enormes dimensiones Convivíamos en ese comedor y lugar tres familias.
Hubo, por las noches, una fogata alrededor de la cual se contaban historias, se llevaban a cabo juegos salpicados por el bullicio, la broma y la ocurrencia de los participantes. En otra noche se escuchaban los sonidos de una guitarra y la voz que entonaba nostálgicas canciones de amor y de vida campirana. Me invadía la melancolía, la belleza, el amor al formar parte de aquel lugar, de aquel anochecer, al gozar del resplandor del cielo tras las lejanas montañas en el último, agónico aliento de postreros destellos del astro rey.
Durante el día caminamos por sus senderos. Todo aquel bosque, repleto de encinos, olmos, pinos, de unos arbustos con tronco color rojo teja llamados manzanilla, nos arropaba. Veíamos bisnagas, musgo, heno, la flor del desierto y una plantita de nombre vaquerita, muy diseminada y cuyas hojas al secarse se convierten en un hermoso adorno. También contemplamos espacios rocosos, cañadas, bordos, barrancas.
Culminamos nuestra estancia en este bosque visitando un lugar en lo más alto de la sierra, donde existen dos enormes piedras, inmensas rocas que rematan una saliente escarpada, y al borde de precipicio, de donde se disfruta –a mi parecer– la vista panorámica más impresionante, majestuosa e inmensa del valle que está al pie de la Sierra Fría.
Nos acompañaban arriba y en las laderas de aquellas formaciones rocosas, surcando los cielos con especial maestría, una serie de grandes águilas y zopilotes.
Es tal la sensación que se experimenta estar arriba de esas rocas, que te sientes atraído por el vacío, por la altura. Experimentas –bueno, yo lo sentí– una especie de vértigo, de una gran impresión como cuando ves en un comercial de televisión cómo aparece un hombre o vehículo en lo más alto de una montaña, sobre una saliente o roca proyectada hacia el abismo.
En ese lugar, de pavorosa belleza, sentí aquel pasaje bíblico donde Jesús es tentado por el demonio, cuando en lo alto de una cumbre le dice: “Mira, todos los reinos de este mundo, todo lo que ves será tuyo si postrado me adoras…”.
También recordé un comercial de televisión donde un padre le dice a su hijo, mostrándole todo un valle desde un mirador en lo alto de una montaña: “Todo esto será tuyo cuando yo no esté” Y el muchacho responde: “¿Y la Cheyenne, apá? (Continuará)
Copyright © 2011, Diario de Colima.
