
AÑO 60 | Nº EDICIÓN 20007
JAIME ROGELIO PORTILLO CEBALLOS
¿Me da un “aventón”?
EL deseo de correr aventuras, de hacer cosas nuevas, de conocer lugares y de recorrer grandes distancias con poco dinero o sin él, hizo que en un tiempo estuviera de moda entre algunos jóvenes el pedir “rait” o “aventón”.
Entre los jóvenes que más recurrían al “rait”, allá por los años setenta del siglo pasado, eran los estudiantes provincianos que se encontraban en el Distrito Federal. Cuando a todos aquellos estudiantes, que se hallaban cursando sus carreras, alejados de sus familias y poblaciones, les llegaban sus vacaciones o tenían “puente”, buscaban regresar a sus hogares por cualquier medio de transporte, y algunos de ellos lo hacían pidiendo “rait”.
El “rait” es una solicitud informal e inesperada –sea a un automovilista o chofer– para ser trasladado gratuitamente a un lugar, al que se supone se dirige también el conductor del vehículo. El “rait” puede iniciarse en una gasolinera, caseta de cobro en autopistas, un crucero, aunque también existe el “aventón” dentro de una gran ciudad que, como la Ciudad de México, tiene larga distancias entre un punto y otro.
De joven, siendo estudiante universitario en la Ciudad de México, a principios de los setenta, pedí, junto con amigos y amigas “rait” en varias ocasiones.
Recuerdo un “rait” que solicitamos César Arvizu, Armando Záizar y yo, allá por el año de 1972. Estábamos estudiando nuestras carreras en la Ciudad de México en la UNAM, y en unas vacaciones decidimos venir a nuestro terruño pidiendo “aventón”. Nos quedamos de ver en la caseta de cobro de la autopista México-Querétaro a la salida del Distrito Federal. Ya en ese lugar empezamos a pedir “rait” haciendo la clásica seña consistente en un movimiento de mano con el pulgar señalando hacia adelante en la carretera. Pasaron varios automóviles hasta que una camioneta con tres mujeres en la cabina –una señora de edad y dos jóvenes– decidió detenerse. “¿Nos da un ‘aventón’?”, preguntó Armando. “Solo hay lugar atrás haciendo un acomodo mejor de las cajas que traemos”, dijo la mujer que manejaba, la que a su vez nos preguntó: “¿Hasta a dónde van?”. “Pues vamos lejos, imagínese, vamos hasta Colima... con que nos deje en Querétaro, Salamanca o hasta donde vaya, lo más que nos acerque a Colima”, les dijo Armando. Nuestra sorpresa y gusto fue mayúsculo cuando aquella mujer nos dijo: “Pues fíjense que vamos adelantito de Tecomán, así es que los podemos dejar en Colima”. Fue así como aquel “rait” de casi 800 kilómetros, me dejó a una cuadra de mi casa: un “aventón” desde la caseta de cobro de Tepozotlán hasta la Glorieta del Rey Colimán, aquí en Colima.
En otras ocasiones no se corría con la misma suerte. Hubo intentos en que se solicitaba “rait” y nadie se detenía, y así pasaban los minutos y las horas, aunque a veces se daba uno el lujo de escoger a que vehículo pedía y a cual no.
Cuando a uno le dan un “aventón” tiene que ajustarse a los gustos y pláticas del chofer, así como a los ruidos y condiciones del vehículo o camión. Imagínense el “ruidazo” que hace un trailer, el “brincoteo” por los baches, la música que lleva, la lentitud de su desplazamiento... pero todo entra dentro de las aventuras y osadías juveniles.
En otra ocasión, años después, en 1976, en la Ciudad de México, iba solo conduciendo mi automóvil por la avenida Insurgentes cuando en una esquina un señor me dijo por la ventanilla que si lo podía trasladar varias cuadras adelante. Ahora era a mí a quien le pedían un “rait”. Aunque soy desconfiado y procuro ser prudente, recordé cuando yo también solicitaba algún “aventón”, y después de recorrer con la mirada toda su persona, permití que se subiera a mi coche. Empezamos a platicar un poco y lo primero que me dijo fue: “Tengo poco de haber salido de la cárcel, estuve varios años por homicidio”.
Como ustedes se habrán de imaginar, eso me impresionó mucho, casi brinco del asiento; sentí inseguridad, peligro y sensación de estar indefenso por tener ocupadas las manos en el volante y la vista hacia adelante, sin embargo, pensé: demuéstrale seguridad y naturalidad y sigue platicando como si nada. Así lo hice, y afortunadamente unas cuadras adelante, el exconvicto se bajó de mi vehículo. El resto de mi trayecto respiré tranquila y profundamente. Fue la última vez que di un “aventón”.
Usted, amable lector, ¿ha pedido “aventón” o “rait” alguna vez? ¿Le ha dado “rait” a alguien? En la época de inseguridad que vivimos, ¿cree que el pedir o dar un “aventón” sea ya un verdadero peligro?
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