Año 60 | Nº de edición 20614

Hoy es

En volandas

Dardos en la palabra

FERNANDO Lázaro Carreter fue la imagen vital e idónea de un académico: docto y sencillo, peculiaridades infrecuentes en los sabios. Durante 8 años dirigió la Real Academia Española y tal periodo se enriqueció con una visión del lenguaje que alejó la actitud castiza de viejecillos eruditos, jueces tardíos del buen decir y mejor escribir.
“La Academia era algo arcaico, hierático, y ahora es un organismo vivo, al servicio de la sociedad, y con plena función social y no meramente ornamental, y esa modernización colosal de la Academia, gracias a la cual contamos hoy con unos bancos de datos extraordinarios, de la misma manera que nuestras necesarias relaciones con América, que ahora son magníficas. Hay, sí, una distancia inmensa entre la Academia que yo conocí, llena de personas eminentes pero que realmente hacían poco, a ésta de hoy en la que los académicos se reúnen todos los jueves en comisiones y cuenta con una plantilla eficaz de 60 especialistas del idioma que trabajan día a día”. Carreter predicó con el ejemplo: su prosa fue, es, simultáneamente elegante y asequible.
Con estas características vendió medio millón de ejemplares de sus volúmenes El dardo en la palabra y El nuevo dardo en la palabra, que compilaron los artículos publicados durante casi una década en el diario madrileño El País. “Procurar que el idioma mantenga una cierta estabilidad interna es, sin duda, un empeño por el que vale la pena hacer algo, si la finalidad de toda lengua es la de servir de instrumento de comunicación dentro del grupo humano que la habla, constituyendo así el más elemental y a la vez imprescindible factor de cohesión social: el de entenderse”, explica en un prólogo sin desperdicio.
Fue un crítico con fino sentido del humor, en particular de los errores lingüísticos de los medios: “Muchos comunicadores piensan que se conquista la adhesión de los oyentes y espectadores dejando sin controles la expresión, aplebeyándola, a veces, hasta su envilecimiento”, en eso consiste, según sus palabras, “el lenguaje de la calle”. Naturalmente “es el de la calle de la ignorancia”, sentenció.
Según Lázaro Carreter el problema no es sólo de los periodistas, sino también de los políticos, juristas, profesores y de todos los profesionales. “Esto empieza en la escuela”, porque “allí es donde se despierta la conciencia crítica” y los niños deben empezar a aplicar la receta que les permitirá hablar bien: “Leer, estudiar, preocuparse, discutir, no creer que lo mejor es lo que uno dice. Y sobre todo dudar: la duda es absolutamente necesaria. Si cada vez que pronuncias una palabra te preguntas si estás metiendo la pata es bueno porque tienes conciencia crítica”.
En la página 20 de su segundo libro, el lingüista dio a conocer que Simón Bolívar fue un libertador cultísimo, innovador del idioma. Por ejemplo, adoptó del francés, antes que en España, la palabra patriota, que emplea en documentos de 1812, “vocablo al que no dará entrada nuestro principal vocabulario hasta 1817”; o terrorismo en 1813, “término que un benemérito lexicógrafo nuestro, Núñez de Tabeada, en contacto profesional con idiomas extranjeros introduce en su diccionario de 1825”, mientras que la morosa Academia lo incorpora hasta 1869.
Otras palabras empleadas por Bolívar son “cortes constituyentes” en 1826, “liberticida”, que llegará al Diccionario hasta 1931. También usa “diplomacia” en 1825, “secretario de Estado, congreso, rifle y complot”. Hay que considerar que Bolívar tuvo cerca a un espléndido filólogo que fue también su preceptor, consejero y tocayo: Simón Rodríguez, por desgracia escasamente leído y peor estudiado.
Por lo anterior, expresa que cuando un término nuevo se inserta entre nosotros para nombrar aquello de que carecíamos y enriquece nuestro vivir práctico o mental debe ser acogido con satisfacción e incluso albórbola, es decir, algazara, vocería, especialmente aquella con que se demuestra alegría. De ahí que sus artículos siempre fueron la denuncia de los desmanes que la voz pública comete con nuestra lengua por falta de instrucción y criterio idiomático, de atención a los usos mejores y al sentido común, muchas veces.
El centenar de dardos siempre dio en el sitio. No en balde escribió que nunca se vendieron tantos libros y se ha descuidado tanto el idioma. “Al castellano no le pasa nada, es un idioma magnífico, lleno de posibilidades y dispuesto a recibir lo que se quiera decir con él. Tiene tanta fuerza fuera, que la gente sabe muy bien qué idioma debe escoger a la hora de hablar. Por todo ello creo que el castellano no sufrirá mucho en el futuro”, aseguró, pero lamentó que “la gente habla mucho y cuida poco lo que dice”. Y “además existen muchos libros y poca lectura atenta”. Cuánta razón tuvo don Fernando Lázaro Carreter.

GRISELDA ÁLVAREZ, CENTENARIA

Los 100 años de Doña Griselda Álvarez son una cita ineludible: honremos su memoria y difundamos el valor de su pensamiento y su obra. No perdamos esta oportunidad magnífica para que se conozca en altavoz su repercusión intelectual, política, pedagógica y educativa. Es posible traducirla en una urgencia para repensarnos, reinventarnos y reconocernos. Griselda Álvarez vivió, luchó y escribió por un país más justo, igualitario, inclusivo; vivió la cultura y la lengua; estuvo en contra del maltrato, la exclusión y el abuso hacia la condición humana. Su longevidad ejemplificó lo que André Maurois afirmó: el arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza. Seamos sus depositarios.



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